
Jesús Querales Cuenta su Historia

Capitulo 1
Viaje a la costa del Estado Aragua
Un Duelo de Sirenas con el Poeta y el Diablo
Quiero compartir con ustedes un recuerdo que guardo como un tesoro, una de esas historias que se te graban en el alma. Es un cuento tejido con la música de la tierra, la palabra del poeta y una sombra de misterio en la costa de Aragua.
Durante quince años, tuve la dicha de peregrinar con el gran poeta Jesús Rosas Marcano por los rincones de nuestra Venezuela. La misión era hermosa: mostrarle al poeta el paisaje humano y sonoro del país, para que las voces de nuestros cultores le inspiraran las letras que solo él sabía escribir.
En una de esas travesías, anclamos en el pueblo de Cata. La vida, sabia en sus arreglos, quiso que al poeta se hospedara en la casa de la señora Elpidia Lira, madre de mi querido compadre Enrique; y yo, como siempre, fui acogido en el calor familiar de La Ñata, Teodorito y de sus hijos, que son mis hermanos. Para mí, eso siempre fue más que una casa: un refugio del corazón.
Fue en ese entorno, entre el rumor del mar y el verde de la selva nublada, donde Teodorito, ese “sambo” sabio, con algo de chamán viejo en la mirada, nos regaló una historia que no era solo suya, sino de la tradición misma.
La Sirena que Olía a Azufre
Nos contó que, en una víspera de San Juan, cuando el sol apenas empezaba a dorar las hojas de los cocoteros, se fue "de mañanita" al conuco. Su misión era conseguir un racimo de lochos y unos ñames para el sancocho de la fiesta. Pero tenía prisa por desocuparse, pues su compromiso era mayor: él era Capitán de San Juan, y su tarea, honor de hombres buenos, era recorrer la playa de la bahía antes de que el calor apretara, recogiendo la limosna para el Carnero, que alimentaría la celebración de todos.
Como manda la costumbre en esa tierra vibrante, la víspera de San Juan es un día que respira devoción y alegría. El pueblo amanece engalanado, con las "banderas propias de la celebración en honor a San Juan Bautista" ondeando en las fachadas de las casas, como testigos de fe hechos pañuelos de seda. Y mientras la vista se llena de colores, el aire se puebla de "Sirenas". No son criaturas de mar, sino cantos de voz desnuda, que las mujeres se lanzan desde sus fogones y los hombres desde sus conucos, un diálogo poético que salva distancias y teje comunidad.
Teodorito con la mente puesta en un racimo de locho jecho, lanzó su primera Sirena al viento, un saludo de rigor. Esperaba la respuesta de un vecino conocido. Pero la voz que le contestó no le era familiar. Era una voz potente, cargada con unos versos de una belleza extraña y profunda. La costumbre dicta que un tercero se sume, pero el silencio fue la única respuesta de los otros conuqueros. Solo él y el extraño quedaron en el duelo.
Teodorito, curtido en el arte del canto de Sirenas y la controversia, sintió que algo no olía bien, y no era el aroma de los conotos. Con la astucia que dan los años y el conocimiento de lo invisible, decidió tenderle una trampa al desconocido con Sirenas capciosas, sacadas del saco profundo de su memoria.
Pero el cantante misterioso no dio cuartel. Cada respuesta era un relámpago de poesía filosófica y vivencial, un canto tan poderoso que helaba la sangre. Fue entonces cuando Teodorito, con el corazón apretado, lo reconoció: no era un hombre, era el mismísimo Diablo, el rey de las tinieblas, disputándole el alma en un duelo de Sirenas.
Ante semejante adversario, Teodorito no titubeó. Recurrió al arma más poderosa: en una retahíla de Sirenas, entonó con fe la oración de "La Magnífica". Al instante, el canto del extraño se quebró. La voz se extinguió, dejando en el aire pesado un olor a azufre que confirmó sus peores temores. Los otros conuqueros, que habían escuchado el desafío en un silencio forzado e inexplicable, luego dieron fe de lo sucedido.
El Poeta y la Leyenda que No Pudo Escribir
Cuando Teodorito terminó su relato, recuerdo con claridad cómo los ojos del poeta Jesús Rosas Marcano se encendieron. Volteó hacia mí, con esa emoción que solo lo verdaderamente grande provoca, y exclamó: "¡Teodorito, el que cantó con el Diablo! ¡Qué maravilla! Yo voy a escribir ese cuento."
La vida, caprichosa y a veces injusta, no se lo permitió. Su partida fue demasiado pronto, y ese cuento, como tantos otros, se quedó en el tintero de los sueños.
Pero las historias, como las Sirenas, no mueren. Ellas siguen viajando, de boca en boca, de corazón en corazón. Esta es una de ellas.
Estos cuentos con el poeta, desde algún lugar de la memoria y la poesía, continuarán.
Por Jesús Querales: Director Fundador del Grupo Un Solo Pueblo
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