Crónica: El dólar como detonante silencioso del malestar venezolano

CULTURA21 de octubre de 2025 Punto de apoyo

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En las calles de San Felipe, como en tantas otras ciudades de Venezuela, el dólar dejó de ser una divisa extranjera para convertirse en el árbitro cotidiano de la supervivencia. No hay cartel que no lo mencione, ni conversación que lo ignore. En los mercados, los precios se cantan en dólares, aunque los billetes escaseen. En los hogares, se calcula cuánto se puede comer según la tasa del día. Y en los corazones, se acumula una mezcla de resignación y rabia.


La dolarización informal, que comenzó como una válvula de escape frente a la hiperinflación, terminó por fracturar el tejido social. Mientras algunos acceden a divisas por remesas, comercio o actividades informales, otros —la mayoría— sobreviven con salarios en bolívares que no alcanzan ni para medio kilo de queso. El trabajador público, el maestro, el jubilado, se ven empujados a los márgenes de una economía que ya no los reconoce.


En las esquinas, se escucha el murmullo de la frustración. “¿Cómo se vive con 130 bolívares?”, pregunta una enfermera con voz quebrada. En los sindicatos, en los gremios se multiplican las quejs. Y en los barrios, el malestar se transforma en estallido y gritos que reclaman dignidad.


El dólar, símbolo de estabilidad en otros contextos, aquí se volvió emblema de desigualdad. No es solo una moneda: es una frontera invisible que separa a los que pueden de los que no. Y esa frontera, cada día más marcada, amenaza con convertirse en línea de fuego.


Así, en medio de la cotidianidad, el estallido social no llega como trueno, sino como goteo persistente. Un país que se mide en dólares, pero que sangra en bolívares. Un país que resiste, pero que también se rompe.

 

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