El remolino más destructivo de la historia de EE. UU.

Biodiversidad19 de enero de 2026Agencia AlfayaracuyAgencia Alfayaracuy

lago

Era 1980, en Luisiana, Estados Unidos de América, cuando el tranquilo lago Peigneur se convirtió en el protagonista de un desastre sin precedentes. Todo comenzó con una perforación petrolera de rutina.

Pero los ingenieros de Texaco, convencidos de estar en terreno sólido, habían calculado mal las coordenadas. Bajo el lago, en cambio, se abría una enorme mina de sal: la mina de Diamond Crystal, con casi 400 metros de profundidad.

La barrena, de 35 centímetros de ancho, perforó por error el techo de la mina. En la superficie, nadie entendió de inmediato la gravedad de la situación. Parecía solo una falla técnica, una de tantas. Pero luego la plataforma comenzó a inclinarse.

El agua del lago comenzó a fluir hacia el agujero con una velocidad creciente. Y en pocos minutos ese pequeño agujero se convirtió en un torbellino infernal.


El lago Peigneur —que apenas tiene uno o dos metros de profundidad— se transformó en un gigantesco remolino.

¡El lago que se convirtió en drenaje!

Fue succionada toda la plataforma de perforación, once enormes barcazas industriales, muelles, árboles, automóviles y tramos enteros de tierra firme. Las orillas se derrumbaron. Veintiséis hectáreas de tierra desaparecieron en el cráter, incluyendo un jardín botánico, casas de vacaciones y árboles centenarios.

En el subsuelo, más de cincuenta mineros lograron salvarse gracias a un sistema de evacuación bien probado. El ascensor principal realizó viajes frenéticos, llevando a salvo al último hombre cuando el agua ya entraba en los túneles. Fue un milagro.

Pero lo peor aún estaba por llegar.
La potencia de succión fue tal que el río Delcambre, que normalmente fluía del lago hacia el Golfo de México, invirtió su curso. El océano comenzó a verterse en el lago, creando una cascada temporal de 50 metros de altura: un río salado que caía en un abismo creado por el hombre.

La mina quedó completamente inundada. Después de dos días de caos, el nivel del agua se estabilizó. Y en un último giro inesperado, nueve de las once barcazas succionadas reaparecieron como tapones de corcho, impulsadas por la presión del aire comprimido en las galerías sumergidas.

El lago Peigneur nunca volvió a ser el mismo.
De espejo de agua dulce y poco profundo se transformó en una cuenca salada de más de 60 metros de profundidad, colonizada por especies marinas del océano. Los peces de agua dulce desaparecieron. El ecosistema cambió para siempre.

Las empresas involucradas pagaron millones en compensaciones. La mina fue cerrada para siempre. Y el episodio se convirtió en un caso de estudio obligatorio para todo ingeniero: una poderosa demostración de lo sutil que puede ser el límite entre el control y la catástrofe.

Y sin embargo, entre todas las increíbles imágenes de ese día —barcazas tragadas, árboles desarraigados, ríos que cambian de dirección— queda una certeza: No murió nadie.
Un error destruyó una parte del mundo.


Pero la disciplina, la sangre fría y la prontitud salvaron cada vida.

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