El 28 de julio de 2024 quedó grabado en la memoria colectiva como el día en que el pueblo venezolano, de manera abrumadora, pacífica y cívica, firmó su propio destino en las urnas a favor de Edmundo González Urrutia. Sin embargo, la cronología política que se ha venido desplegando desde principios de este año revela una realidad desgarradora: ese torrente de soberanía popular ha sido proscrito, dejando al ciudadano común al margen de las decisiones que definen el futuro de su propia patria.
El reciente encuentro político en Ciudad de Panamá, donde se sentaron el presidente electo Edmundo González (V) y la dirigente María Corina Machado, pretendía enviar un mensaje de fuerza y de ruta clara hacia unas elecciones en un plazo de nueve meses. En el papel y para las agencias internacionales, la foto quedó impecable. Pero quienes pateamos la calle, quienes vivimos el día a día en nuestras regiones al lado del maestro que no le alcanza el sueldo, del vecino que pasa semanas sin agua y de los gremios que sostienen lo poco que queda de país, no podemos mirar esa foto sin hacernos las preguntas incómodas que el pueblo se está haciendo en la esquina.
Venezuela ya no tolera más dilaciones ni maniobras dilatorias. El pueblo venezolano manifestó su voluntad de forma clara y mayoritaria, y exige el retorno a la democracia y la institucionalidad.
La soberanía nacional no vendrá de una fuerza externa ni de concesiones que comprometan la identidad de la patria; el rescate democrático dependerá única y exclusivamente de la capacidad de los venezolanos para articular un movimiento interno, democrático y organizado,
En 1951, Mario Briceño Iragorry publicó Mensaje sin Destino, un ensayo que hoy, a la luz de los acontecimientos que sacuden nuestra geografía, se lee más como una profecía sombría que como una advertencia histórica. En aquel entonces, Don Mario diagnosticaba una «crisis de pueblo» caracterizada por el desarraigo y una peligrosa dependencia de la renta petrolera que, a su juicio, nos desconectaba de la tierra y de nuestra memoria. Mientras otros veían en el crudo el motor del progreso, Briceño Iragorry advertía que, sin una identidad nacional sólida, la riqueza del subsuelo solo traería facilismo, consumismo y la sustitución de nuestros valores por esquemas foráneos.
La transición social debe ser la prioridad inmediata. No basta con reconstruir las instituciones para garantizar elecciones futuras; es urgente atender el hambre y la salud hoy mismo.
A cuatro meses del giro histórico del 3 de enero, la euforia se desvanece ante una realidad innegable: el cambio político no ha cruzado las fronteras de la "Venezuela profunda".
Alfayaracuy analiza el colapso institucional en Yaracuy, donde el hambre, la sed y las promesas de 24 horas en comunidades como La Piedra desnudan la cara más cínica de una transición que prioriza el marketing sobre la vida.
Es inaceptable pedir votos en sectores como La Piedra, Totumillo o San José, donde el sistema de rebombeo de Yaritagua no funciona y los vecinos suman años de sequía impuesta pese a tener las nacientes cerca.
Manuel Alzuru pone el dedo en la llaga de la política venezolana. Al calificar la situación actual como el fin de la "rumba" radical, Alzuru no solo critica al Ejecutivo por su sordera crónica, sino que también lanza un dardo necesario a una oposición que, dividida, no supo evitar el colapso.
Más de 20 millones de turistas han visitado México entre enero y mayo, lo que supone un récord. Sin embargo, con este auge también aumentan la trata de personas y la explotación sexual.