Manuel Alzuru: El derecho de nuestro país a renacer

 
 
OPINION03 de julio de 2026Agencia AlfayaracuyAgencia Alfayaracuy

EL DERECHOA RENACER

 

Para las nuevas generaciones, acostumbradas a la inmediatez de las redes sociales y las pantallas, puede resultar difícil imaginar el inmenso poder que tuvo la radio en nuestra cultura. A mediados del siglo pasado, mucho antes de la televisión o el internet, la radionovela fue el gran punto de encuentro de la familia venezolana. Aquellas transmisiones paralizaban las calles y reunían a los vecinos alrededor de un aparato en cada rincón de nuestras regiones para escuchar juntos. Más que simple entretenimiento, estas historias forjaron parte nuestro ADN cultural y emocional; unieron a las comunidades y nos enseñaron, a través del drama, lecciones profundas sobre la justicia, la resistencia y el valor de la verdad frente al poder.

 

A veces, la realidad de nuestro país se parece mucho a esas historias que escuchaban nuestros abuelos. Quienes recuerdan la novela El derecho de nacer, saben que el gran drama era el intento de un hombre poderoso por esconder una verdad inocultable, desterrando y alejando a quien consideraba una amenaza para su control. Hoy, en nuestra vida nacional, vivimos algo muy parecido: un intento constante por poner barreras y tapar con un dedo la inmensa voluntad de cambio de la gente. En la calle, entre los vecinos y en  las comunidades, hay una inquietud natural que siempre sale en la conversa: ¿es indispensable la  presencia física inmediata de una figura central para avanzar? Si lo analizamos con cabeza fría y visión de futuro, forzar esa entrada ahora mismo puede ser contraproducente. Caer en el desespero de exigir una presencia inmediata es jugar en el terreno de quienes buscan la confrontación para desarticular el movimiento ciudadano. Al igual que en la historia de la novela, donde el aislamiento forzado del  protagonista nunca pudo borrar su destino, hoy el respaldo a una alternativa no depende de que una persona esté parada en una tarima. El liderazgo y la esperanza ya cruzaron las fronteras, están instalados en la gente y son un secreto a voces que ninguna fuerza puede frenar.  

 

Pero aquí es donde entra la mayor lección que hemos aprendido en todos estos años delucha cívica: los grandes cambios nunca recaen sobre los hombros de una sola persona.


El país nos pide evolucionar de la esperanza individual a la fuerza de un gran equipo. ¿Y si esa representación trasciende a una sola figura y se consolida en una gran alianza nacional? No se trata de restar valor a los liderazgos que nos inspiran, sino de multiplicar las capacidades. Imaginemos un bloque sólido donde confluyan las organizaciones tradicionales y, muy especialmente, esos movimientos independientes y personalidades de gran prestigio que gozan del respeto y la confianza de la gente.
 

Gran parte de la reserva moral de nuestro país está allí: en los liderazgos sociales, en quienes promueven la cultura y defienden el bienestar en nuestros municipios, y en las iniciativas ciudadanas que nacen desde las regiones. Cuando integramos a estos actores políticos y líderes independientes, le damos frescura, credibilidad y mucha cercanía a cualquier proyecto de país. Son ellos quienes caminan los caseríos, conocen las verdaderas urgencias de los vecinos y construyen soluciones todos los días.

 

La historia reciente nos ha dejado algo muy claro y los venezolanos lo venimos demostrando desde hace mucho tiempo: cuando dejamos de lado las diferencias, cuando nos organizamos con madurez y remamos en una sola dirección, somos invencibles.

 

El derecho a nacer; de una nueva Venezuela, de un país verdaderamente democrático, no necesita de pasos en falso ni de apuestas a un solo escenario. Nos necesita a todos convertidos en los protagonistas de nuestra propia historia. Porque un país no lo reconstruye una sola persona; lo levanta un equipo plural, unido y dispuesto a trabajar por el futuro de todos.

Manuel Alzuru Aponte
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