

En el pasado reciente escribí un ensayo sobre la dependencia sustancial del marxismo respecto al odio y al resentimiento. Sin esa carga afectiva resulta imposible articular la lucha de clases, y sin esta, la revolución o el cambio de régimen pierden su fundamento operativo (https://qr.ae/pFOdUW).
¿Cómo se induce el odio colectivo? Es necesario convencer al individuo de que los demás buscan dañarlo, explotarlo y despojarlo de sus recursos; inculcarle la noción de que la riqueza ajena es la causa directa de su propia pobreza. Cuando esa premisa se asimila, se siembra con éxito el resentimiento: esa emoción compleja que integra ira, dolor e impotencia ante una injusticia percibida.
Sin embargo, el odio a una clase social rara vez se consolida por mera adoctrinamiento verbal. Requiere la elaboración de una doctrina que aparenta ser rigurosa, científica e irrefutable. Sobre ese andamiaje teórico se erige una estructura ideológica que alberga una hostilidad profunda, la cual históricamente sirvió para justificar la lucha armada, la guerrilla urbana y el terrorismo.
Un ejemplo emblemático de esta dinámica ocurrió el 27 de febrero de 1976 en Venezuela, cuando un comando guerrillero de extrema izquierda secuestró en su residencia de Caracas al empresario estadounidense William Frank Niehous, gerente general de la corporación Owens-Illinois. El hecho se convirtió en el secuestro más prolongado en la historia política y criminal del país: Niehous permaneció cautivo durante tres años y cuatro meses (1.217 días), hasta su rescate fortuito el 30 de junio de 1979 por agentes de la policía rural.
Los captores exigieron inicialmente un rescate de 3,5 millones de dólares. No obstante, en julio de 1976 las autoridades interceptaron sus comunicaciones y detuvieron a varios dirigentes de la Liga Socialista cuando se disponían a cobrar una parte del dinero.
Bajo la amenaza constante de ejecutar al ejecutivo, el grupo extorsionó a Owens-Illinois para que otorgara un bono de "compensación" de 116 dólares a cada uno de sus 1.600 trabajadores venezolanos, argumentando un supuesto daño por "explotación laboral". Asimismo, exigieron la distribución de 18.000 paquetes de alimentos a familias de escasos recursos, recurriendo a la clásica práctica de redistribución coercitiva de capital privado.
Como condición propagandística, la guerrilla obligó a la empresa a financiar la publicación del manifiesto político del grupo a página completa en diarios de alto impacto internacional como The New York Times, The Times de Londres y Le Monde de París. El escrito desplegaba la narrativa antidemocrática habitual: calificaba a Niehous de «agente de la CIA» dedicado al «saqueo» de los recursos nacionales, acusaba a Owens-Illinois de conculcar los derechos laborales de la clase obrera y descalificaba a la democracia representativa venezolana como un sistema bipartidista servil a intereses extranjeros. Además, denunciaba tramas de corrupción entre funcionarios estatales y multinacionales, cerrando con un llamamiento explícito a la «guerra popular prolongada» para derrocar al gobierno.
Entre los detenidos en julio de 1976 figuraba Jorge Antonio Rodríguez, máximo dirigente de la Liga Socialista y padre de los actuales dirigentes políticos Jorge Rodríguez Gómez y Delcy Rodríguez. Rodríguez desempeñó un rol crucial como ideólogo y planificador del secuestro, sirviendo de enlace político-logístico con la célula operativa y participando en la redacción del manifiesto. El 25 de julio de 1976, dos días después de su arresto, falleció bajo custodia policial debido a las torturas infligidas durante los interrogatorios. No reveló la ubicación del secuestrado, cuyo paradero permaneció en el economato de la clandestinidad hasta su hallazgo accidental tres años más tarde.
Todo esto lo logran instrumentalizando la teoría del valor-trabajo, piedra angular a partir de la cual construyen la teoría de la plusvalía: la supuesta fracción de riqueza que el empleador sustrae al trabajador. Es bajo esta premisa conceptual que formulan las acusaciones de «explotación laboral» y de «saqueo» de los recursos nacionales.
Sin embargo, basta con demostrar la invalidez de la teoría del valor-trabajo —evidenciando que el valor es estrictamente subjetivo y no guarda relación matemática ni necesaria con las horas invertidas en la producción— para que todo el edificio telemático del marxismo se derrumbe. Sin el sustento del valor-trabajo se cae la tesis de la plusvalía; sin plusvalía no hay despojo ni explotación objetiva; y sin explotación se disuelve la lucha de clases, despojando de toda justificación a la revolución armada, al terrorismo y a la violencia política.
Lamentablemente, durante mucho tiempo la educación ha permanecido influenciada y asume, sin declararse abiertamente marxista, que la teoría del valor-trabajo era válida. Esta es solo una de las tantas creencias que nos han inculcado de forma sistemática. En este sentido, el marxismo logró implantar con éxito dogmas que la ciudadanía da por sentados como verdades absolutas, a pesar de que la realidad empírica los desmiente a diario.
Basta un análisis simple para evidenciarlo: un diamante hallado fortuitamente en el suelo —cuyo esfuerzo de obtención fue nulo— conserva un valor monetario millonario. Sin embargo, en la extrema necesidad de un desierto, cualquiera rechazaría ese mismo diamante para pagar esa cifra por un vaso de agua. Del mismo modo, miles de aficionados pagan más de mil dólares por una entrada cuyo costo de producción es insignificante, pero que adquiere un precio enorme por la experiencia de presenciar la final de un mundial o el concierto de su artista preferido.
A la inversa, cuando un producto cae en la obsolescencia —tal como ocurrió con los teléfonos móviles tradicionales tras la irrupción del teléfono inteligente en 2007— su precio se desploma irremediablemente; el valor desaparece cuando la demanda cesa, sin importar cuántas horas de trabajo se hayan invertido en su fabricación. Igual ocurre cuando hay exceso de oferta, los productos y servicios bajan sus precios porque quien determina su valor no son las horas empleadas en producirla, sino la oferta y la demanda.
Cuando solicité un préstamo para remodelar mi vivienda, el banco realizó un avalúo para determinar su valor. Ni siquiera enviaron a un inspector: se limitaron a verificar los precios en los que se habían vendido inmuebles similares en el mismo vecindario, siendo esa referencia de mercado el factor determinante. Si bien los metros cuadrados o los acabados influyen en la cifra final, lo fundamental sigue siendo la ubicación y la valoración subjetiva de los compradores en esa zona, muy por encima de las horas de trabajo o los materiales empleados en su construcción original.
Este será el eje central de una serie de artículos que planifico publicar. Ya abordé el mito del valor-trabajo; ahora analizaré otros dogmas igualmente perjudiciales, cuya persistencia justifica dinámicas sociales destructivas que frenan el progreso e impiden la convivencia en paz.


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