
El escalón de Angélica: Crónica de lo que estamos dejando de ser
CULTURA24 de marzo de 2026
Agencia Alfayaracuy
Hoy estaba inclinado a escribir sobre el pírrico aumento de salario anunciado por el Malandraje Tutelado que todavía ejerce el control de las instituciones de manera fáctica. Pero subiendo a casa de mi madre me tropecé nuevamente con Angélica. Ella estaba recostada a la pared, midiendo la altura del primer escalón de la escalera improvisada que da acceso a su jardín y el piso del porche de su casa.
Me detuve porque percibí sus limitaciones y trecho un poco alto entre un perdaño y otro podía causar un susto. Allí esperé a su decisión, pero todavía la acompaña la prudencia, y dándose la vuelta, decidió salir al patio por la puerta de la cocina y llegar al frente rodeando la casa, para ponerse arrancar unas hebras de corocillo que previamente había detectado su mirada de águila.
Aunque la casa quedó sin frisar y su frente está constituido por una alambrada y matas ornamentales de contextura tupida, su patio, aunque de tierra, ha sido siempre un patio limpio. Tal vez Angélica constituya el resguardo de esos relatos perdidos de los que nos hablaba el maestro Alberto Borregales, en especial el de la ética.
Tal vez sea eso lo que me detiene a mirarla cuando coincidimos en la mañana. Aunque ya no me pregunte por mi madre o me de los buenos días. Hay algo en ella que va más allá de la nostalgia, tal vez es lo que estamos dejando de ser, esa pérdida de identidad que pocos advierten y muchos celebran.
Hace poco, por la lamentable partida de Fhandor Quiroga, hablaba de esa inusual amistad de este empresario, presidente de Fedecamaras, peleando en la sala de mi casa con una mujer comunista, donde las repuestas a las divergencias y antagonias eran apaciguadas por las risas. Hoy sería cuesta arriba repetir vivencias personales como esas.
Pudiera decir que mi permanente atención hacia Angélica está motivada a lo que estamos dejando de ser o ya no somos.
Angélica se para cada mañana como un Atalaya ha advertirnos en medio de una ceguera social sin precedentes. Trato de evitar pensar en lo inevitable: algún día Angélica no me hará detenerme y sólo quedarán estos testimonios como hechos fehacientes de lo que un día fuimos.
Mientras tanto, seguiré dejando testimonio de lo que estamos dejando de ser y condenando enfáticamente lo que estamos siendo.
Libardo Linarez


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