
De la frustración a la estrategia: cómo reconstruir la soberanía en Venezuela
OPINION25 de septiembre de 2026
Agencia Alfayaracuy

El 28 de julio de 2024 la mayoría del país dijo con claridad que quería un cambio. Las actas lo demostraron. Sin embargo, esa victoria popular no se tradujo en un traspaso real de poder. Más de un año después, la frustración sigue pesando. No solo porque el gobierno se aferró al control, sino porque el liderazgo opositor cometió errores que dejaron a mucha gente sin brújula.
El primero fue tratar las actas como si fueran una sentencia judicial. Digitalizarlas y resguardarlas fue un logro enorme, pero se creyó que la prueba técnica bastaría para forzar un cambio institucional. Se subestimó que, cuando un grupo siente que su supervivencia está en juego, cierra filas. Un conflicto de poder no se resuelve solo con documentos.
El segundo error fue vender la idea de que el desenlace estaba a la vuelta de la esquina. Esa narrativa generó expectativas altas y, cuando la realidad no coincidió, vino el agotamiento, el repliegue y una nueva ola de emigración. No se preparó a la gente para una pelea larga, por etapas.
Y el tercero: faltó una oferta seria de garantías. Sin una “puerta de salida” creíble para quienes sostienen el aparato del Estado, la coalición dominante no tuvo incentivos para negociar. Cerrar filas fue la respuesta lógica desde su punto de vista.
Hoy, cualquier mesa de diálogo que ignore esta realidad y guarde silencio ante las violaciones a los derechos más básicos —el derecho a entrar, salir y vivir en el propio país sin trabas políticas— carece de legitimidad. Casos como el de María Corina Machado y de tantos otros venezolanos impedidos de ejercer su libertad de movimiento lo dejan en evidencia.
Por eso urge un Observatorio Ciudadano e Independiente que vigile esas negociaciones. Que esté formado por gente de la sociedad civil, la academia, los gremios y los defensores de derechos humanos. Que audite lo que se acuerda, denuncie lo que se omite y exija que la restitución de las garantías constitucionales sea el centro, no un tema secundario.
Pero vigilar no basta. Hay que proponer un país y recuperar las instituciones que hacen posible la soberanía popular. Un paso esencial e impostergable es la creación de un Consejo Electoral verdaderamente independiente. Ese organismo debe iniciar lo más pronto posible el trabajo de un censo actualizado de todos los venezolanos aptos para votar, tanto dentro como fuera del país. Sin un registro confiable y transparente de los electores, cualquier elección futura nace debilitada. Contar a los venezolanos donde estén es recuperar el derecho a decidir y cerrar la puerta a la manipulación del padrón.
La democratización no es un fin en sí mismo: es el camino para recuperar la vida cotidiana. El salario destrozado, los servicios colapsados, la salud y la educación en crisis no son problemas aparte de la política. Son el terreno donde se reconstruye o se pierde la confianza.
Para recuperar la soberanía —entendida como la capacidad real de decidir sobre nuestro futuro— necesitamos pasar del asistencialismo a una economía que produzca. Tres pilares son indispensables:
Seguridad jurídica clara: reglas que protejan la propiedad y atraigan inversión, tanto nacional como extranjera.
Reactivación productiva: crédito para las pequeñas y medianas empresas, apoyo real al campo y a la industria.
Protección social digna: salud y educación públicas financiadas con transparencia, donde el bienestar se mida por el poder de compra del salario y no por la dependencia de bonos.
En este camino hay que trabajar con los aliados internacionales. Su apoyo político, diplomático y humanitario es valioso y debe aprovecharse. Pero cometeríamos un error grave si dependiéramos de las alianzas externas para lograr nuestros objetivos. La soberanía se conquista primero desde adentro: con organización ciudadana, con unidad amplia y con capacidad propia de presión y de propuesta. Los aliados ayudan; no sustituyen el trabajo que solo los venezolanos podemos hacer.
Nada de esto se logra con cortoplacismo ni con exclusiones. Un sector de la oposición sigue atrapado en horizontes cortos y en la tentación de dejar fuera a quienes piensan distinto, aunque compartan el mismo objetivo: salir del actual gobierno. Esa actitud debilita. La soberanía no se construye con purezas ideológicas ni con mayorías fragmentadas. Se construye sumando a todos los que están convencidos de que el país necesita un cambio, aunque discrepen en matices o en métodos.
La esperanza no es una emoción. Es una disciplina de trabajo colectivo. Exige paciencia estratégica, dirección compartida y la voluntad de abrir puertas en lugar de cerrarlas. Solo así la victoria del 28 de julio dejará de ser un episodio frustrado y se convertirá en el punto de partida de una Venezuela próspera, justa y libre. Esa Venezuela nos pertenece a todos. Falta decidirnos a construirla sin atajos y sin depender de nadie más que de nosotros mismos.
Manuel Alzuru Aponte.



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