
En el Concilio de Nicea no se votó qué evangelios entraban en la Biblia. Ni siquiera se habló del asunto
Filosofía y Religión03 de septiembre de 2026
Agencia Alfayaracuy
En el Concilio de Nicea no se votó qué evangelios entraban en la Biblia. Ni siquiera se habló del asunto. Ese relato lo puso en circulación Voltaire catorce siglos después.
Conviene empezar por lo que sí ocurrió. El concilio se reunió en Nicea, la actual İznik turca, en el palacio imperial, desde mayo hasta finales de julio del año 325, convocado y pagado por el emperador Constantino. Acudieron entre doscientos y trescientos dieciocho obispos —la cifra tradicional de 318 es la que cuajó—, de los cuales solo cinco venían de la parte occidental del imperio. El asunto que los había reunido era una pelea nacida en Alejandría entre el obispo Alejandro y un presbítero llamado Arrio sobre la naturaleza de Cristo: para Arrio, solo el Padre era eterno y el Hijo había sido engendrado, es decir, tuvo un principio; para Alejandro, el Hijo era engendrado eternamente. De ahí salió el credo niceno, con su fórmula «engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre».
Ahora los mitos, que son tres y muy repetidos. El primero, el del canon: no hay ningún registro de que en Nicea se discutiera qué libros formaban la Biblia, y la escena de los evangelios puestos sobre un altar para ver cuáles se caían procede de un relato que popularizó Voltaire en el siglo XVIII. El segundo, el de la votación ajustada: no lo fue en absoluto. De todos los obispos presentes, todos menos dos firmaron el credo; Arrio y esos dos fueron desterrados. El tercero, el de que Constantino impuso la doctrina: el emperador convocó, pagó y presidió, pero no era obispo y no votó. Escuchó a las dos partes y dejó la decisión teológica a los obispos, aunque después usó el poder civil para desterrar a los que no firmaron.
Lo que sí salió de allí, además del credo, fue mucho más prosaico: la decisión de calcular la Pascua con criterio propio y no según el calendario judío, para que todo el imperio la celebrara el mismo día, y veinte cánones disciplinares que hoy suenan a acta de comunidad de vecinos —prohibición de la usura entre clérigos, reglas sobre la ordenación de obispos, prohibición de arrodillarse los domingos—. Nicea importa muchísimo, pero por lo que hizo, no por lo que le atribuyen.




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