
Alain de Botton: “Lo peor de la soltería es que no dejas de pensar en el amor. Es como cuando no tienes dinero: no piensas en otra cosa”
Alain de Botton (Zúrich, 56 años) cita a El País Semanal en una casa en obras. Da meticulosas instrucciones a los obreros con una sonrisa. Explica que su exmujer vive cuatro edificios más arriba. Ambas viviendas sobresalen entre las casas victorianas del barrio londinense de Camden. Cuenta que está terminando otra casa en Mallorca. Se enamoró de la isla hace 15 años. “Será extraño vivir allí. Nunca he pasado tiempo al lado de un árbol. Pero estoy preparado para el viaje”. En el recibidor hay jarrones con flores. Y, labrada en piedra, una cita de Séneca: “Para qué llorar por cosas de la vida si la vida entera exige lágrimas”. Me ve leyéndola y la interpreta: “Si tus expectativas son certeras no necesitarás llorar”.
¿Está preparado para lo peor?
Nadie lo está. Pero si llegas a los 56 años conoces los altibajos de la vida. Por eso a esta edad nos gustan las flores.
¿Las flores?
Hablan de un momento de plenitud. Los jóvenes no se conforman solo con ese momento.
Con 23 años vendió dos millones de ejemplares de El placer del amor. ¿Qué sabía?
Una persona de 23 años sabe algo que las de 56 probablemente han olvidado. El conocimiento técnico se acumula, pero no el emocional. El amor era nuevo, extraordinario e intenso.
Veintiún años después escribió La fatiga del amor.
Aprendí sobre la perversión del amor. Nos metemos en relaciones que van en nuestra contra. Es la historia de Adán y Eva: están en el paraíso y se amargan la vida.
Tal vez solo se pueda entender a través del psicoanálisis. La manera en que amamos refiere, siempre, a la manera en que nos amaron de niños. Igual que no recordamos cómo aprendimos a hablar, aprendemos el lenguaje amoroso sin ser conscientes y eso tiene un eco. Imagínate que tus padres te hubieran reñido todo el tiempo. ¿Qué haces si rompes un vaso? Te callas. Imagínate que no te apetece tener relaciones sexuales y te callas para que nadie se enfade…
El protagonista de ese libro calla hasta que explota.
Me identifico. Entiendo a quienes callan y a quienes se enfadan.
¿Fue un niño silencioso?
Sí. No me gustaban los juegos de fuerza ni la compañía de los chicos. Prefería sentarme con chicas y jugar a las muñecas. Desde los ocho años hasta la adolescencia viví en internados. Es una experiencia difícil. Tuve una educación militar, un reducto del Imperio Británico que enseñaba a los niños a ser pequeños soldados. A no llorar ni comunicar sentimientos.
¿Qué aprendió?
Paciencia. Esperaba un rescate. También a cuidar el lugar donde vivo. Y a proteger mi libertad: no quiero que nadie me diga lo que tengo que hacer.
¿Qué lo rescató?
Sobreviví. La curiosidad me mantuvo vivo.
¿Qué le interesaba?
Veía que mis padres eran infelices. Cada uno por su cuenta y también juntos. Y no entendía por qué. Mi padre nació en Alejandría. Venía de una familia sefardí, huida de España. Cuando tuvo que salir de Egipto se fue a Suiza. Y conoció a mi madre. Allí crecí. Se dedicaban a las finanzas. Tenían éxito profesional, pero en casa vivían atormentados, ansiosos. Puede que por eso me acostumbrara a callar. También a autoanalizarme. Era una técnica de supervivencia. Necesitaba entender qué me ponía triste para tratar de evitarlo.
Como escritor se atreve con la filosofía, el arte, la arquitectura…
Todo sirve para conocerse mejor. Por eso fundamos La Escuela de la Vida (The School of Life), mi negocio. Somos 50 personas enseñando a mirar. Se me ocurrió tras leer a Pierre Hadot, que estudió las escuelas filosóficas y se dio cuenta de que la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles y el Jardín de Epicuro eran negocios. Eso apeló al emprendedor que llevo dentro. Fue un deseo de hacer de lo que me interesa una comunidad, ya que el escritor es alguien solitario. Montamos la escuela en Bloomsbury, entre un puesto de kebab y una peluquería.
¿La calle es una universidad?
Claro. Crecí en un mundo esnob en el que el conocimiento estaba circunscrito a las grandes universidades. Y… no creo que eso sea sano. La Universidad no es la dueña del conocimiento. En Cambridge, supuestamente recibí una de las mejores educaciones que el Reino Unido puede ofrecer. Fue terrible. Era un idiota al principio y un idiota al final. No aprendí nada que me sirviera para cuestionar el mundo. Tuve que hacerlo solo. La Academia tiene un veneno: no atreverse a pensar nada sin haber leído 1.000 libros sobre qué piensan los demás.
¿La filosofía es autoconocimiento?
Es muchas cosas. La traducción griega, amor a la sabiduría, es interpretable. Si le preguntas a un taxista, su respuesta estará cercana a eso. Pero si preguntas en la Universidad de Oxford, la respuesta te desbordará y será completamente abstracta. Recibo cartas de jóvenes entusiasmados con estudiar Filosofía. Creen que aprenderán a vivir, pensar y amar. Les advierto de que no van a aprenderlo.
¿Critica la “intelectualidad”?
La sabiduría no necesita un vocabulario específico. Mis padres no me criaron solos. Contrataron a una niñera que fue clave en mi vida. Carecía de educación formal, pero era inteligente y amable. Fue el adulto más importante en mi infancia. Un amigo me lo dijo: escribes libros que puedan entender tu padre y tu niñera. Ella era la reina del por qué. En el Reino Unido, T. S. Eliot sentenció que la cultura debía ser preservada por la élite. Tal vez por haber crecido en Suiza no creo en eso. Suiza es una sociedad rica pero dignificada.
Tiene sus aristas: no se involucra y custodia dinero sin hacer preguntas…
Exteriormente son aburridos. Pero apuestan por la seguridad hasta que cortan la cuerda. Uno no vive rodeado de montañas altas sin consecuencias.
¿Por qué vive en Londres?
Por el inglés. Con 12 años fui arrancado del francés. La cultura francesa es estrecha. Están reñidos con el mundo moderno.
Se ha convertido en psicoterapeuta.
Me formé, durante cuatro años, en la Universidad de Londres, tras psicoanalizarme durante una década, cinco veces a la semana.
¿Qué le cambió el psicoanálisis?
Abres puertas y armarios. Preparó el terreno para convertirme en psicoterapeuta. Si no te conoces a ti mismo no puedes conocer, ni ayudar a conocerse, a nadie. Ahora tengo clientes.
¿Los llama clientes?
El psicoanálisis tiene pacientes. La psicoterapia, clientes.
¿Quién puede pagarse un psicoanálisis cinco veces a la semana durante 10 años?
Es un lujo, pero no en el NW3 (el distrito postal de su barrio londinense). Freud vivía aquí. En una de cada dos casas vive un psicoanalista. Lo sé porque los tres a los que he acudido vivían con pocos metros de distancia.
¿Cómo decidió cuál le funcionaba?
La terapia es un arte, no una ciencia. Con uno entendí mi paisaje interior. Me centré. Y me dio confianza para probarme como terapeuta. De niño tuve una educación emocional muy parca.
¿Ha sido mejor con sus hijos?
Probablemente, pero no podía soportar que mis hijos sufrieran. Creo que no los preparé para el mundo. Hemos pasado de vivir una infancia de exigencia a sobreproteger a nuestros hijos.
Relaciona belleza y buena vida.
En la Suiza alemana, el diseño es clave. Piense en la empresa Vitra o en Peter Zumthor. Esa arquitectura sencilla defiende una idea de belleza para todos. Todo es bonito: las escuelas, la estación, el hospital. Y todo está bien hecho.
¿Su casa era bonita?
Sí. Vivíamos en un piso de hormigón visto. Crudo, sencillo, pero que sentí como sólido. El edificio tenía un refugio antinuclear donde mi hermana y yo jugábamos. Creo que allí desarrollé el gusto por los materiales. En Inglaterra, luego todo me parecía endeble. Puede que por eso me haya dedicado a construir casas sencillas: para traer algo de mi infancia a este país.
¿Se gana la vida como promotor?
En gran medida. He construido viviendas modernas y he aprendido a apreciar la tradición, actualizándola. No me interesa perpetuarla.
Defiende empezar las relaciones explicando dónde está la locura de cada uno. ¿Dónde está la suya?
Soy como el mar: en lo profundo soy calmado, pero en la superficie, muy agitado. Me planteo por qué todo me afecta. Lo vivo todo como un diez. Y debería vivirlo como un seis. La intensidad es una forma de locura. Soy extremo incluso en el amor. La locura aflora porque me atrae lo difícil, el sufrimiento y las personas complicadas que no me dan exactamente lo que creo que necesito: calma…
¿Seguro que busca paz?
Tal vez no. Pero la paz es donde quiero vivir.
Su casa está muy ordenada.
Decoramos nuestras casas no como somos, sino como querríamos ser. Piense en la pintora Agnes Martin. Era una mujer esquizofrénica y atormentada. En cambio, sus lienzos son puro orden. El poder emerge no de que sean pinturas calmadas. Son pinturas que tratan de calmar. Eso es conmovedor.
Hace razonamientos excluyentes: o poliamor o aburrimiento. O sexo seguro o excitación.
La mente tiene la tentación natural de romperse. Naomi Klein ha escrito que los bebés se imaginan dos madres: una buena y otra mala. Cuando uno está frustrado, mataría a la madre mala. Cuando está contento, abraza a la buena. Hasta que se da cuenta de que la madre es una: a veces buena y otras no. La madurez lleva asociada cierta depresión, la de la realidad. Pero está en el término medio. Yo sigo siendo extremo, pero busco la posición intermedia con el humor.
El humor ¿puede utilizarse para no sentir?
Sin duda. Para encubrir algo doloroso.
Ha escrito que el matrimonio es una trastada que se le hace a quien se supone que amamos.
Acercar a cualquier persona profundamente a tu mundo es atormentarla. Herir es herirse. Es más fácil ser un buen amigo. Si te decepciona… lo dejas ir. En el amor deberíamos hacer lo que hacen los buenos amigos: no dar nada por hecho. “Qué maravilla, mi pareja no me ha hecho llorar hoy”. Casarse es elegir a alguien para sufrir juntos.
¿Por qué lo hacemos?
¿Miedo a estar solos? Lo más pesado de la soltería es que no dejas de pensar en el amor. Es lo mismo que cuando no tienes dinero: no piensas en otra cosa.
Está separado.
Por eso. El amor roba mucho tiempo. Tienes citas y… no sé cómo funcionará en España, pero en una ciudad como Londres solo puedes conocer a gente a través de aplicaciones y eso dificulta el contacto por exceso de posibilidades. Una mujer joven logra, en una hora, más de 200 solicitudes de relación. La cantidad de trabajo que debe hacer para descartar esas ofertas requiere tiempo. Antiguamente, cuando conocías a alguien que te interesaba, te esforzabas. Conocer, entender y amar es un esfuerzo. No una bendición.
¿Hay una destreza para amar?
Claro: escuchar, pedir perdón. No hace falta estar de acuerdo. Pero sí escuchar. Eso debería enseñarse en la escuela primaria.
¿Usted escucha?
En el amor buena parte del diálogo es defensivo: “No dije eso. No estoy de acuerdo”. Eso es veneno para una relación. Vivimos en sociedades sofisticadas, pero las herramientas básicas del amor no aprendemos a utilizarlas.
Escribió que el alcohol y el cristianismo eran los grandes narcóticos europeos.
Me interesa el gran agujero que ha dejado la religión. Las religiones hicieron muchas cosas buenas: construir comunidades, buscar la belleza. La seriedad del arte y la arquitectura se la debemos a la religión. Hoy el arte es confuso, ¿por qué? Porque la religión ha desaparecido. Ya no sabemos qué es formar parte de un grupo. Me pregunto qué nos puede inspirar espiritualmente. La figura de Jesucristo fue modélica evitando el sí y el no y ofreciendo una tercera vía. Los griegos antiguos evitaban los extremos.
Pero tenían esclavos…
Cada época del mundo, y cada época en una persona, tiene lecciones que enseñar. Estudiar historia debería ser estudiar la posición del espíritu en la evolución de la humanidad. Hoy sabemos más cosas, pero ¿somos más sabios? En Grecia leían menos, pero repensaban más. Carecemos de su claridad.
Montaigne escribió que, en la amistad, mejor amabilidad que inteligencia.
La inteligencia es apertura a la experiencia. Un buen amigo dice la verdad. Si alguien dice: “Tuve una fantasía sexual”, y tú respondes; “¿Tuviste qué?”, nadie te contará nada. Ayudar a los otros a explorarse es lo que hace la psicoterapia con amabilidad. Con algunas personas, escuchar es uno de los placeres de la vida. Ante otros, uno siente que no les queda espacio para escuchar las complicaciones ajenas. Es difícil tener amigos. Tengo tres. Dos hombres y una mujer. A todos les interesa la introspección. Y todos tienen una mezcla entre lo oscuro y lo divertido.
¿Por qué le interesa tanto la oscuridad?
Es lo que somos, ¿no? Es el juego de la prensa: los famosos son fascinantes. Y cuando mueren… resulta que no: eran desordenados, trataban mal a su familia… La historia de la caída desde la perfección es un juego muy poco realista que mucha gente juega.
“Mi prioridad era más gustar que decir la verdad”.
Por eso me convertí en escritor. Hay más libertad escribiendo que hablando. Cualquier diálogo parte de intentar complacer al otro.
¿Cuánto amor debe uno sentir hacia sí mismo?
Puede que amor no sea la palabra. ¿Qué tal generosidad? ¿Tolerancia? Ámate a ti mismo es el mensaje americano. No. Me conformo con ser amable. Hay un momento en que el amor propio se convierte en indulgencia. Un poco de insatisfacción es importante. El ser humano es un animal perezoso: no pensamos hasta que hay un problema. En las vidas de los artistas hay periodos de una creatividad intensa. Con frecuencia tienen relación con la digestión de un problema. Y hay periodos en los que no sucede nada. Si piensas en los Beatles… entre los 19 y los 28 años produjeron algunas de las mejores canciones del mundo. ¿Y luego?
¿McCartney tenía menos problemas que Lennon?
El álbum que supuso la ruptura, Let It Be, nos dice algo de la naturaleza humana: tenemos momentos de comunión con la vida y otros… de aislamiento. ¿No? Lo he visto con amigos: cuando les llegan los problemas, se convierten en mejores amigos: más humildes, más capaces de escuchar. Pero vamos, hay problemas que matan a la gente.
¿Rutina rígida o vida cómoda?
Schopenhauer y Nietzsche veneraban la incomodidad, pero Flaubert defendía vivir como un burgués para crear como un artista.
¿Cambió su vida con Proust?
Mucho. Proust te dice: “El arte no es un sueño, es el despertar”. Y también: “He trabajado duro, tú también lo puedes hacer. Inténtalo otra vez”.


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