Un rey quiso saber cuánto lo amaban sus hijas.
Llamó a la mayor y le preguntó:
—¿Cuánto me quieres?
—Te quiero como al oro —respondió ella.
Llamó a la segunda:
—Te quiero como a los diamantes.
Y cuando le preguntó a la menor, ella dijo:
—Te quiero como a la sal.
El rey se enojó.
¿Cómo podía compararlo con algo tan simple y sin valor?
Y sin pensarlo, la expulsó del palacio.
Pasó el tiempo…
Hasta que un día, el cocinero le sirvió la comida sin sal.
El rey la probó y la escupió.
—¡Esto no tiene sabor! ¿Qué clase de burla es esta?
Y el cocinero, sin miedo, le dijo:
—Hoy su comida no tiene sal, como su vida desde que rechazó a quien más lo amaba.
Entonces el rey entendió.
La sal no brilla como el oro.
No es elegante como el diamante.
Pero es esencial.
Sin ella… todo pierde sabor.
Moraleja:
A veces despreciamos lo que no luce, lo que no impresiona.
Pero hay amores silenciosos, simples…
que sostienen todo.
Como la sal: humilde, invisible… pero indispensable.


No sabía de la vida de está gran mujer, que fue madre del ex presidente de EEUU. Barack Obama




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