
Colombia anuncia visita de Delcy Rodríguez para reunirse con Gustavo Petro
El Gobierno de Petro indicó que esta visita oficial se dará con la finalidad de "avanzar en la construcción de la paz y la reconciliación del vecino país”.
Y cuando despertó, el petróleo todavía estaba allí…
América Latina y el Caribe09 de enero de 2026 Por: Carmen Beatriz Fernández
Se dice que uno muy parecido a este es el cuento más corto del mundo. Escrito por el guatemalteco Augusto Monterroso se refiere, probablemente, a los dinosaurios del poder, a alguno de tantos persistentes dictadores centroamericanos y los fantasmas que sobreviven a los cambios aparentes.
En nuestra adaptación el dinosaurio no es solo el autoritarismo, las ideologías y las consignas de los años sesenta, sino el petróleo como factor estructural que ha condicionado decisiones políticas, alianzas ideológicas y modelos de supervivencia estatal de Cuba y Venezuela.
La relación entre ambas naciones ha sido un nodo estructural de la política latinoamericana durante más de seis décadas y ha estado permanentemente marcada por el petróleo. La reciente detención de Nicolás Maduro en Venezuela estrena un punto de inflexión geopolítico con consecuencias profundas para La Habana, cuyos vínculos energéticos, estratégicos y políticos con Caracas sostenían buena parte de su supervivencia como estado.
“Cuba está a punto de caer”, aseguró Donald Trump . Y es que la historia de Venezuela y Cuba en el siglo XX puede entenderse como la historia de dos trayectorias paralelas que arrancan en 1958.
Ese año marca el inicio de la democracia venezolana con la caída de Marcos Pérez Jiménez y, al mismo tiempo, el triunfo de la Revolución cubana que culminará en 1959 con la llegada de Fidel Castro al poder. Dos proyectos políticos nacidos en simultáneo, pero destinados a recorrer senderos radicalmente distintos.
La comparación es elocuente: cuando Fidel Castro muere en 2016, en su cama y como dictador vitalicio, Venezuela había tenido ya diez presidentes electos que se habían alternado en el poder. Esa diferencia define dos modelos de relación con el poder , con la sociedad y con la libertad.
Desde muy temprano, Castro tuvo a Venezuela “entre ceja y ceja” por un cálculo estratégico vinculado a esa democracia petrolera en plena expansión, con recursos energéticos clave y un peso regional considerable.
Durante los primeros días del gobierno de Rómulo Betancourt, Castro fue recibido como un héroe global, el líder que había derrotado a la dictadura de Fulgencio Batista . Sin embargo, esa luna de miel dura poco. Castro solicitó apoyo financiero y político para su revolución, y Betancourt se negó de manera tajante. A partir de ese momento, la relación se convirtió en una enemistad abierta.
Las consecuencias no tardaron en llegar. Cuba promovió e intentó exportar la lucha armada a Venezuela, incluyendo el intento de invasión por el pueblo de Machurucuto en 1967, durante el gobierno de Raúl Leoni, cuando guerrilleros entrenados bajo el modelo de la Sierra Maestra intentaron replicar la experiencia cubana en suelo venezolano. Incluso circulan relatos novelescos, como el de una jeringa que contenía veneno de cobra que buscaba asesinar a Betancourt , que ilustran hasta qué punto el conflicto fue intenso.
Décadas después, el vínculo entre ambos países daría un giro decisivo con la irrupción de Hugo Chávez. Tras el intento de golpe de Estado de 1992 y su posterior amnistía bajo el gobierno de Rafael Caldera, Chávez fue invitado a Cuba y recibido por Fidel Castro con honores de jefe de Estado. Chávez quedó hondamente deslumbrado por Castro y por la épica revolucionaria cubana. A partir de allí se forjó una relación política y personal que tendría consecuencias estructurales para Venezuela.
Cuando Chávez llega al poder por la vía electoral en 1998, se formaliza rápidamente una amplia red de convenios de cooperación con Cuba en materia de salud, educación, deporte y asistencia social. Los médicos cubanos llegaron a zonas históricamente desatendidas y se construyeron a partir de allí un discurso de solidaridad y justicia social.
Sin embargo, más allá de lo visible, existía otro intercambio menos explícito: la experiencia del régimen cubano en control político, inteligencia, espionaje, represión y supervivencia autoritaria. Ese intercambio estructural se materializó principalmente a través del petróleo: Venezuela suministró decenas de millas de barriles diarios de crudo, lo que alivió presiones sobre la economía cubana y contribuyó a sostener servicios básicos y exportaciones de profesionales sanitarios en redes fraternas en América Latina y África.
Ese fue, probablemente, el aporte más decisivo de Cuba al proyecto chavista. La isla había sobrevivido durante décadas enfrentada a Estados Unidos, primero gracias al subsidio soviético y, tras la caída de la URSS, atravesando un período de extrema precariedad hasta encontrar en Venezuela una nueva fuente de sostén.
A cambio del petróleo venezolano, Cuba exportó un modelo de control del poder probado y eficaz. Chávez no solo encontró en Castro un aliado, sino un maestro. Ese aprendizaje explica buena parte de la deriva autoritaria venezolana posterior. Lo que comenzó como un proyecto político con legitimidad electoral terminó adoptando prácticas propias de un régimen diseñado para no irse nunca del poder. En ese sentido, los caminos paralelos de Venezuela y Cuba se encontraron décadas después en el autoritarismo.
Un elemento que subraya de forma contundente la subordinación de la soberanía venezolana al aparato de seguridad cubano es el hecho de que 32 oficiales cubanos murieron defendiendo a Nicolás Maduro durante la operación militar que culminó con su captura, en lo que el gobierno de La Habana calificó como “acciones combativas” en cumplimiento de misiones oficiales.
El despliegue de personal castrense cubano en la protección del presidente venezolano y su muerte en combate simbolizan, de manera explícita, la pérdida de control autónomo de la defensa de Venezuela por parte de sus propias fuerzas armadas y la existencia de una estructura de seguridad paralela dirigida por La Habana.
Esta presencia militar, hasta ahora oficialmente negada por ambas partes en diversas ocasiones, demuestra de forma contundente que el régimen chavista había delegado una función central de soberanía (la seguridad presidencial) en agentes del Estado cubano. Es un fenómeno sin precedentes en la historia contemporánea de la región.
La relación Cuba-Venezuela no puede entenderse sin reconocer al petróleo como su verdadero hilo conductor: primero como promesa estratégica, luego como salvavidas económicas y políticas y hoy como vacío que redefine los márgenes de maniobra del régimen cubano en un contexto internacional crecientemente adverso.
Desde mediados del siglo XX ha sido el pivote silencioso de la relación entre La Habana y Caracas. Actualmente, México es también un proveedor energético importante para la isla. El petróleo ha sido el equivalente contemporáneo del dinosaurio de Monterroso: una presencia atemporal.
Además, un elemento clave para entender la encrucijada económica de Cuba es la debacle de su sector turístico, suele ser una de las pocas fuentes significativas de divisas no vinculadas al petróleo.
Un análisis reciente de Asuntos Globales señala que la isla no ha logrado recuperar los niveles de turismo internacional previos a la pandemia: mientras que en 2019 recibió más de 4,2 millones de visitantes extranjeros, en 2023 llegó apenas a 2,4 millones y las cifras de 2024 y 2025 muestran una tendencia regresiva.
Sin Venezuela como proveedor energético y sin un turismo robusto que genera divisas estables, la economía cubana se enfrenta a un déficit crítico de recursos externos. La caída de ambas fuentes de ingreso exponen la fragilidad de un modelo económico dependiente, incapaz de sostenerse por sí mismo en ausencia de condiciones externas favorables.
La crisis actual de Cuba se agudiza con el férreo control de las exportaciones petroleras venezolanas a las que aspira Trump, y lo convierte ya en punto de inflexión que tensiona la supervivencia del régimen.
Además, en este escenario la figura del secretario de Estado, Marco Rubio , emerge como un actor central en el que convergen su trayectoria personal (hijo de inmigrantes cubanos) y su visión política, que ha situado a Cuba como un eje de confrontación diplomática y estratégica en la política exterior estadounidense contemporánea.
El diseño de este nuevo capítulo vendrá dado por la conjunción de sanciones, presiones internas y reconfiguraciones geopolíticas.
El petróleo sigue estando “allí”, ya no como sostén automático del régimen cubano, sino como ausencia crítica que exponen sus fragilidades estructurales y que determinará a corto plazo el futuro de Cuba.
Carmen Beatriz Fernández: Profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim, Universidad de Navarra

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