
¿Qué posibilidades hay de que existan civilizaciones en otros planetas?

A día de hoy, la Tierra es el único lugar del cosmos donde sabemos con certeza que existe vida. Esa ausencia de datos confirmados sobre otros mundos impide realizar estadísticas en sentido clásico. Sin embargo, sí podemos hacer estimaciones basadas en nuestro conocimiento actual del universo.
Es importante distinguir entre la existencia de vida —que podría ser microbiana y simple— y la aparición de civilizaciones, entendidas como formas de vida que han desarrollado estructuras sociales, culturales y tecnológicas complejas. Aunque nos gusta imaginar a los extraterrestres como seres inteligentes, la ciencia indica que, si existe vida en otros planetas, lo más probable es que esta sea microscópica. No hay que olvidar que, durante la mayor parte de la historia terrestre, la vida estuvo dominada por los microorganismos, lo que hace pensar que la complejidad biológica puede tardar largo tiempo en aparecer.
El primer intento serio de cuantificar nuestras expectativas sobre la vida extraterrestre lo hizo el astrónomo Frank Drake en 1961, con su famosa ecuación. Esta fórmula estima el número de civilizaciones en nuestra galaxia capaces de comunicarse con nosotros, considerando factores como la tasa de formación de estrellas con sistemas planetarios, la fracción de esos planetas que podrían ser habitables y la probabilidad de que en alguno de ellos surja la vida y esta evolucione hasta desarrollar inteligencia y tecnología. Por último, la ecuación incluye un término que no debemos desdeñar: la duración que podría tener una civilización con esas características.
Aunque la ecuación fue formulada por Drake, fue Carl Sagan quien la popularizó, convirtiéndola en un símbolo cultural a través de su serie Cosmos. Los valores de sus variables son inciertos. Con estimaciones conservadoras, Drake calculó que podría haber unas pocas decenas de civilizaciones en la Vía Láctea. Con valores más optimistas, el número podría ascender a miles de millones. Si eso fuera cierto, tendríamos que dar la razón al físico Enrico Fermi, quien se preguntó: ¿Dónde están todos?, una paradoja que sigue sin respuesta.
Hoy sabemos que el número de planetas en el universo es inmenso, del orden de trillones. Muchos de ellos podrían encontrarse en la zona de habitabilidad de su estrella, donde el agua líquida puede existir en la superficie. Además, descubrimientos recientes han ampliado este concepto: en la Tierra se ha hallado vida microbiana a varios kilómetros de profundidad, lo que sugiere que el subsuelo planetario también podría albergar vida. Incluso en nuestro sistema solar hay lunas, como Europa o Encélado, que esconden océanos subterráneos bajo una gruesa capa de hielo, calentados por la energía gravitatoria de sus planetas.
Todo esto nos lleva a pensar que los lugares potenciales para la vida son numerosos. Pero, ¿cómo de probable es que la vida surja una vez dadas las condiciones adecuadas? Aunque no sabemos la fecha con certeza, en la Tierra la vida apareció muy pronto, probablemente hace unos 3.800 millones de años. Eso, en un planeta que se formó hace 4.600 millones de años, y que inicialmente sufrió dos violentas oleadas de bombardeos de meteoritos, parece todo un récord; y nos hace pensar que el camino hacia la vida quizás no sea tan difícil.
Una vez que surge la vida, la evolución biológica facilita su adaptación a ambientes diversos, dotándola de una gran resiliencia. Prueba de ello son los extremófilos, organismos capaces de vivir en condiciones extremas de temperatura, acidez o radiación. Aún no conocemos los límites físico-químicos de la vida, pero lo que parece claro es que a esta no le faltan recursos para expandirse y persistir.
Gracias a la evolución, los seres vivos también aumentan en complejidad. Así surgieron en la Tierra los organismos multicelulares, las plantas, los animales y, dentro de ellos, la especie que durante mucho tiempo se consideró la culminación de la evolución; es decir, el ser humano. Pero hoy sabemos que nuestra rama en el árbol de la vida es solo una más, y que incluso podría no haber llegado a aparecer. Sabemos también que la inteligencia no es el fin último de la evolución, sino una posibilidad más. Por tanto, la existencia de civilizaciones tecnológicas no es un desenlace garantizado tras la aparición de la vida en un planeta.
Queda por considerar cuánto tiempo puede perdurar una civilización dotada de inteligencia. En nuestro caso, en apenas unas décadas hemos alterado el clima, contaminado los océanos, debilitado la capa de ozono y provocado numerosas extinciones. Además, hemos desarrollado armas capaces de destruirnos. Tal vez, en su intento por mejorar su calidad de vida, cualquier especie inteligente acabe haciendo inhabitable su propio planeta.
En resumen, la pregunta sigue abierta. La combinación de datos astronómicos, biológicos y ecológicos nos acerca cada vez más a una respuesta, aunque aún no podamos hablar de estadísticas. Y quizás lo más valioso de esta búsqueda no sea solo descubrir si estamos solos, sino reflexionar sobre nuestra propia civilización: su fragilidad, su potencial y su lugar en el universo.
Ester Lázaro es investigadora científica en el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), donde dirige el grupo de Estudios de evolución experimental con virus y microorganismos.
El País de España


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