

Como he dicho en otras oportunidades, soy un anciano en etapa terminal. Tengo 2.000 años de edad. He vivido muchas cosas interesantes que me mantienen eternamente joven. El secreto es que vivo con un viejo que soy yo mismo. Tengo un traje de viejo que me pongo a medianoche después de hacer el amor. Es una especie de pijama envejecida que tiene canas, cataratas, arrugas y verrugas incorporadas. Al ponerme ese traje poseedor de mi verdadera edad, me da sueño y me duermo. Al día siguiente, a las 6:00 am, me quito el traje de viejo decrépito, me pongo el del joven Claudio y salgo a la calle a ver qué vaina juvenil invento.
Cuando el joven Claudio no tiene ganas de inventar, se dedica a escribir cosas que a la gente le da flojera leer, cosas como estas. Hagan el esfuerzo. Los invito a que abandonen por un segundo su celular o la computadora e intenten llegar hasta el final de esta historia que, seguramente, les va a gustar.
Hoy les voy a confesar algo delicado: conozco perfectamente cómo era el verdadero tren de Aragua. Corría el año de 1959 y apenas comenzaba la era democrática en Venezuela. Mi padre, Aquiles Nazoa y mi familia, acabábamos de llegar de Bolivia, adonde Marcos Pérez Jiménez lo había mandado exiliado en el año de 1956. Al parecer a Pérez Jiménez no le gustó una cosa que escribió mi papá, razón por la que lo mandó a poner preso y lo sacó del país esposado en un avión de Pan American.
El capitán, al ver que después de entrar al avión le quitaban las esposas a mi padre, ofreció disculpas en inglés a los pasajeros diciendo, a través del parlante, que con ellos viajaba un delincuente.
Hablando de esposas, diez meses después, mi madre, mis hermanos y yo, viajamos a Bolivia para hacerle compañía a papá durante tres años y estar juntos en familia. Pérez Jiménez enviaba a Bolivia a los adecos y a los comunistas. Allá, en el exilio, coincidimos con Raúl Leoni y su familia. Fue en La Paz donde aprendí a leer y a escribir.
¿Ven la cosa? A lo mejor este preámbulo está muy largo. Por eso es que nadie lee las historias hasta el final. Pero ya voy con lo del tren de Aragua, que es la razón por lo que ustedes aún están leyendo.
En el año de 1959 vivíamos en San Martín, calle Andalucía, Quinta Maritza. Muy cerca de nuestra casa, todos los días, pasaba un tren alemán llamado “El Gran Ferrocarril de Venezuela”, inaugurado por Joaquín Crespo en 1894. Esa belleza de tren partía desde Palo Grande, cerca de Miraflores y, con suerte, llegaba en siete horas y media a San Blas, en Valencia. Su velocidad promedio era de 25 Km por hora. Les diré el recorrido que hacía: Palo Grande, Antímano, Las Adjuntas, El Encanto, Macarao, Las Mostazas (Los Teques), Tejerías, Santo Domingo, El Consejo, La Victoria, San Mateo, Cagua, Turmero, Gonzalito, Maracay, Cabrera, Mariara, San Joaquín, Guacara, Los Guayos y San Blas.
Todos los niños de San Martín y de El Guarataro, esperábamos emocionados el paso del tren cerca del Hospital Militar. En los rieles, colocábamos lochas, tapitas de refresco, latas y cualquier cosa que el tren pudiera aplastar. Otra cosa que hacíamos cuando jugábamos trompo, reconozco que era cruel, es que, a quien perdía, le colocábamos su trompo en los rieles para que el tren se lo aplastara. ¡Esa era la diversión!
A mi padre le encantaba el tren y de vez en cuando lo agarrábamos para ir al estado Aragua, Cagua y Maracay, en donde teníamos amigos y familiares. Era toda una emoción montarnos en ese artefacto que llamábamos: el tren de Aragua. Los asientos eran tejidos, muy bonitos, y se movían de forma que todos podíamos viajar viéndonos la cara.
Era un tren lentísimo y a veces se echaba a perder “La Gavilana” o “El Cóndor”, que eran los nombres de las dos locomotoras más famosas que arrastraban catorce vagones. Las estaciones eran una belleza, parecían alemanas (aún hay una en la Hacienda Santa Teresa). Pero la más bonita era la de El Encanto. En todas las paradas, el tren era “asaltado” por vendedores de empanadas, cambur pasado, chicha, aliados, panelitas de San Joaquín, chicharrón, etc., y uno iba comiendo chucherías por todo el camino.
A los niños nos encantaba cuando el tren se accidentaba porque nos bajábamos y jugábamos en el monte, mientras arreglaban el desperfecto.
Este tren estuvo funcionando hasta el año de 1966, año en el que hizo su último viaje desde Palo Grande hasta Valencia. Fue triste la despedida de este tren que nunca debió morir. En mi corazón está vivo el recuerdo de ese bello tren de Aragua que tan feliz nos hizo.
Ojalá este artículo no lo lea Trump, porque sin trump ni son, es casi seguro que por haber viajado en el tren de Aragua, ese señor me mande a una cárcel en El Salvador.


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