
LA BATALLA SIN FUSILES

El tiempo en el pueblo no se medía en horas, sino en la pesadez del aire. Llevábamos años sintiendo que el horizonte se había hecho cada vez más pequeño, como si una neblina invisible y densa nos hubiera empujado a todos hacia una esquina del mapa. Teníamos los bolsillos llenos de tiempo y los ojos cansados de mirar hacia un cielo que parecía no moverse. Las calles murmuraban en voz baja, con ese miedo antiguo que se vuelve costumbre. Éramos un pueblo acorralado, sí, pero no apagado. Sebastián, el loco del pueblo de Yaritagua —«todo barrio tiene su loco», nos recuerda Rubén Blades—, tenía tiempo recorriendo las calles cantando a todo pulmón: «¡Mi General, Rondón y sus muchachos no han peleado!».
El Despertar
Entonces ocurrió algo fuera de toda lógica ordinaria.
No hubo truenos ni anuncios oficiales, pero un martes cualquiera el viento empezó a oler distinto: olía a tierra mojada después de la sequía, a hierba cortada, a esa fuerza limpia que guardan las madrugadas. En medio de la plaza apareció el hombre. No traía uniforme de gala ni espada de metal; vestía la misma ropa desgastada de cualquiera de nosotros, pero en la mirada llevaba un fuego vivo que parecía no pertenecer a esta época, o quizás pertenecía a todas las épocas a la vez. Tenía la compostura de los viejos robles y el paso firme de quien ha cruzado mil ríos a caballo.
Algunos decían que venía de los llanos infinitos, del Guárico profundo; otros, que traía en las espaldas el barro acumulado de Boyacá y el eco lejano de un grito célebre pronunciado cuando la Patria casi perecía: «Salve usted la Patria, Coronel». Decían que había despertado de un sueño de siglos. El pueblo comenzó a llamarlo Rondón.
La Voz del Común
Rondón no pronunció discursos grandilocuentes. Le bastó con pararse en las esquinas y mirar a los ojos a la gente. Tenía el don extraño de hacer que la duda se disolviera al escucharlo. Cuando hablaba, los comerciantes del Trocadero, la gente en la panadería de la 13, la maestra de la escuela, el joven con el morral al hombro y el campesino del conuco sentían exactamente lo mismo: que su voz resonaba dentro del pecho de cada uno, como una campana llamando a la puerta.
El gigante que nos dominaba —un adversario inmenso, pesado, construido con años de sombras y cerrojos— se reía con sus torres petroleras y su despliegue de poder. Consideraba imposible que aquella gente de a pie, dispersa y golpeada, pudiera organizarse. Olvidaba que en las venas del pueblo aún corría la sangre de aquellos catorce lanceros que en el Pantano de Vargas, sumidos en la lluvia y contra toda probabilidad, le dieron un vuelco a la historia en el último minuto. Pero Rondón tejió algo que los poderosos nunca entendieron: la unión secreta e indestructible de los comunes.
La Batalla de la Dignidad
El día fijado no hubo lanzas de madera, caballería al galope ni cargas contra el fuego realista. La batalla no ocurrió en un tremedal desolado, sino en el silencio sagrado de los centros de votación.
Al despuntar el alba, como guiados por un hilo invisible, miles de miles salimos a la calle. Éramos los nuevos catorce, multiplicados por millones. Nuestras armas eran la memoria, la dignidad intacta y la huella inequívoca del 28 de julio. La hilera de gente doblaba las esquinas, atravesaba los cerros y cruzaba los ríos; parecía una sola serpiente de luz caminando con paso decidido. No había gritos, solo una determinación tranquila que hacía temblar el suelo, tal como temblaron las colinas de Vargas cuando el llano entero se puso en marcha.
El adversario intentó cerrar las puertas, confundir los caminos y levantar muros a última hora, pero era demasiado tarde. El flujo de aquel pueblo era como la creciente de un río en invierno: nada podía detenerlo. Cuando Rondón dio la señal implícita, esa masa contundente y unida volcó su voluntad sobre las urnas. Cada voto que caía sonaba en el fondo como el golpe seco de una lanza abriendo brecha en la sombra, quebrando la línea de un ejército que se creía invencible.
El Retorno de la Luz
Al caer la tarde, el gigante con pie de barro simplemente se desmoronó. La derrota del adversario fue tan limpia y contundente que hasta el aire del pueblo pareció recuperar su peso normal. Las torres de sombras cedieron sin que se disparara una sola piedra, vencidas por la fuerza serena de la mayoría.
Esa noche, cuando la gente salió a abrazarse en las calles y a respirar por fin un aire de libertad, Rondón ya no estaba en la plaza. Había vuelto a diluirse entre la multitud, o tal vez se había convertido en la respiración misma de cada venezolano que aprendió, para siempre, que la Patria no se pierde mientras quede un valiente dispuesto a pelear.
Manuel Alzuru.



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